Tags: 4M



(una pequeña oración vespertina)

El interior de la barbería, que se encuentra en una de las partes grises de la “Ciudad Blanca”. Por su aspecto, no se distingue de locales parecidos que ya hemos visto, por lo menos una vez y en algún lugar. Hay dos o tres sillones de peluquería, un tocador con espejo y un lavacabezas un poco a lo antiguo, un banco y una mesa de espera, una chimenea en uno de los rincones... Aparte de las cosas que se pueden encontrar en cualquier local de este tipo, como son los peines, los cepillos, las tijeras, las navajas de afeitar, las cuchillas, las maquinillas y varios líquidos y pomadas, hay también una pequeña radio, vieja, pero que funciona. En el local también se encuentra una modesta “guirnalda navideña”: algunas ramas de abeto adornadas con bolitas grandes de plata y cintas del mismo o parecido color. Hay que añadir sólo eso: en algún lugar se encuentra la puerta que lleva a la habitación de atrás, en algún lugar está la puerta de la calle, y en algún lugar de la pared hay un reloj y una foto enmarcada de Conejo con su equipo de fútbol (sala).

COPYRIGHT: ALL RIGHTS RESERVED.



Personajes:
Conejo, dueño de la barbería Conejo, 43 años
Toni, hermano menor de Conejo, 27 años
Grga, taxista, amigo de Conejo y Toni, 35 años
El Joven, vendedor de libros, 24 años

Lenguaje:
No literario, lenguaje urbano, sin particularidades dialectales

Tiempo:
Nochebuena del año dos mil y pico, entre las 18 y las 19:30 horas.





(TONI está sentado en el banco al lado de la chimenea. Se ha quitado los zapatos: se está calentando los pies congelados. Está hojeando el periódico. Por la radio se escuchan villancicos.)


Toni. (Obviamente a alguien que está en la habitación de atrás.) Hoy he visto un “Rana1”, igual que el que teníamos nosotros. El mismo color, vamos, todo… Hombre, ¡ahora eso es un “una leyenda”! En un momento pensé que era el nuestro. Luego me acordé de que lo habían prensado, me cago en su puta madre… Lo han declarado “escombro”. Y lo “reciclaron”. Y luego plantaron un árbol. Por culo con el árbol. Conejo, haz el favor de decirme, ¿a que el “Rana” no es mil veces más bonito que un árbol? Quiero decir, no tengo nada en contra de la naturaleza, ya sabes que no, pero también sabes a lo que me refiero. Hombre, tú lo llevaste, ¿durante cuánto tiempo?, once años, y luego yo otros siete más… Aquello no era un coche, era una leyenda. Ni eso, ¡un auténtico monumento! No puedes reciclar un monumento, eso no se hace. (Desde la habitación de atrás aparece CONEJO. Lleva puesto un mono de trabajo. Barre el suelo con una escoba.) En él follé por primera vez, y no debajo de un árbol. Los que no son de ciudad no lo pueden entender. A ellos nada más que les gusta “reciclar” y plantar, y cuando en medio de un prado hay que plantar un centro comercial de mierda, pues los árboles les dan igual. Eso no tiene sentido ni romanticismo alguno. Y cuando pienso en cuántos árboles se cortan para imprimir todos esos folletos de los centros comerciales que luego te meten a la fuerza en los buzones…


Conejo. Yo también lo hice por primera vez en él. Con la Olja2 aquella. También la segunda y la tercera. Luego lo dejamos. Se quejaba de que tenía frío. ¿Y dónde le encuentro un piso? (Deja de barrer.) Cada vez que agitábamos el coche, el cristal se bajaba. Aquella goma que lo sujetaba… Se caía cada dos por tres. ¡Qué desastre! Era de noche, lloviznaba un poco. El “Rana” estaba encendido todo el rato, se le vació la batería… (Pausa breve.) Lo llevaba todo el tiempo al mecánico.


Toni. (Riéndose.) ¿Quién sabe lo que hacía yo mientras tú le metías una mano a Olja y con la otra sujetabas el cristal?


Conejo. ¿Y qué ibas a hacer, Toni? ¡Si tenías un año! (Pausa breve.)


Toni. (Cariñosamente.) Y tú, ¿qué hacías, cuando yo por primera vez…


Conejo. (Como si supiera la fecha exacta.) Estaba luchando por la liberación de Lika3. (Pausa breve.) ¿Cuántas veces te tengo que decir que no arrugues el periódico? Es para los clientes. (Deja la escoba, le quita a Toni el periódico y lo dobla bien.)


Toni. Yo también soy tu cliente, Conejo.


Conejo. No puedes ser mi cliente porque te lo corto gratis... Y el periódico cuesta dinero, así que ten un poco de cuidado…


Toni. (Le interrumpe; se pone los zapatos.) Vuelvo a la calle. Allí por lo menos nadie me da por culo.


Conejo. No te vas a la calle, Toni, sino al casino. (Pausa breve.) ¿Allí también celebráis la Navidad? ¿Tenéis belén al lado de la ruleta?


Toni. Otra vez empiezas con eso. (Pausa breve.) No lo tenemos, pero mola la idea. El Jesús podría traerme buena suerte. Además, ¿conoces algún otro sitio donde en invierno te puedes calentar gratis? ¡No lo hay! Sólo la biblioteca. Pero allí también tienes que hacerte socio. (Pausa breve.) Ni siquiera las iglesias abren to’l día.


Conejo. ¡Hombre, si tienes casa! Y una mujer dentro. Una hija también. ¿Te acuerdas de ellas? ¿No crees que es hora de que les digas qué es lo que te pasó? (Pausa breve.)


Toni. Todavía no, joder. No… no puedo, que no puedo…


Conejo. ¿Y cuándo podrás, Toni? (Pausa breve.) No es una vergüenza que te echen del trabajo.


Toni. ¿Tú crees que Vanja4 se creerá que me han echado porque – ay qué bonito que lo dijeron – “con la reestructuración de la empresa mi puesto se ha hecho redundante”? ¡Ni de coña, Conejo! Dirá que no le extraña que justo me echaran a mí – adivina por qué – porque juego y bebo. En realidad, soy un “borracho”, son sus palabras.


Conejo. Deja de “emborracharte” y sigue buscando curro, así no tendrá nada que reprocharte.


Toni. (Nervioso.) Si ya estoy buscando curro. Y cuando lo encuentre, se lo diré todo a Vanja… ¡Pero no me lo puedo inventar!


Conejo. Toni, que no es normal que te escondas. ¿No crees que deberías sentarte con tu mujer y explicarle cómo están las cosas? ¡Qué raro que no te las hayas encontrado en algún sitio! O que algún vecino, cartero, carnicero, qúe sé yo, alguien de la clase de Marta, no le haya ya dicho que llevas días y días vagando sin rumbo fijo…


Toni. (Más tranquilo.) Todo esto puede cambiar. Seis o siete mil euritos es todo lo que necesito… para empezar de nuevo.


Conejo. ¿Empezar a qué? ¿A beber y a jugar?


Toni. (Muy nervioso.) ¡Me estás poniendo de los nervios, Conejo! Me estás sermoneando to’l tiempo. ¡Como si fueras mi madre!


Conejo. Soy tu hermano. Sólo quiero lo mejor para ti. (Pausa breve.)


Toni. Pero eres ya muy mayorcito. Tú qué te crees, ¿cómo se gana dinero en este país hoy, eh? ¿Tú te crees lo de que trabajas y ganas? No me digas. Ya veo que estás forrado, sí… Y llevas todo el día encerra’o aquí. ¿Por qué es tan malo jugar? ¿Estoy robando? No robo. Pero podría. No es que pudiera, sino que debería. Cuando te echan a la calle y te dejan colga’o y además te roban, tú también les puedes robar algo…


Conejo. ¿Quién te ha robado a ti?


Toni. Hace dos semanas, en el tranvía, ya te lo conté.


Conejo. ¿Y eso qué tiene que ver? Si has dicho que eran unos niños, de unos doce años…


Toni. (Interrumpiéndole.) Son todos de la misma pandilla, Conejo. (Pausa breve.) ¿Es que tú no ves o no quieres ver lo que está pasando aquí? Todos éstos que han venido de quién sabe dónde, todos se ayudan – arrastran, empujan, cavan… Sólo nosotros que nacimos aquí no tenemos a nadie. Nos putearán donde puedan. Pero un día yo también les putearé a ellos. A todos ellos. Me voy a forrar de pasta. Y eso tiene que pasar. La ley de los grandes números. Lo único que hay que hacer es intentarlo. “Ocho y once – al negro”. Últimamente no me han salido, pero ya llegarán.


Conejo. Déjalo Toni, por favor.


Toni. (Como si no lo hubiera oído; se está fijando en la foto enmarcada de Conejo con su equipo de fútbol (sala).) Hace dos días estuve en el cole. Me senté en el patio de recreo, en los columpios. Clavé los ojos en el campo de fútbol. Estuve así una hora y media. Los dedos se me pusieron azules. Me lo pasaba bien, qué sé yo. (Pausa breve.) Me acordé de tu gol, aquel contraataque tuyo, cuando jugabas por Britanac5 contra los pijos de Pantovčak6. ¡Cómo lo marcaste! ¡Desde el centro!


Conejo. El portero hizo el tonto y salió. Esas cosas no se hacen con 2:2 y a dos minutos de finalizar el partido.


Toni. (Interrumpiéndole.) Ya lo sé, pero hay que saber marcarlo así. Conejo, lo colaste de una manera genial. ¡Hombre, lo orgulloso que estaba yo! ¿Qué podía tener? Once años, y mi hermano mayor, joder, el más chulo del campo. ¡Tú eras el ‘Maradona’ y yo ‘el hermano de Maradona’! ¡Joder! (Pausa breve.)


Conejo. (Ensimismado.) No es bueno que no nieve en Nochebuena. En Nochebuena debería nevar.


Toni. Coño, muchas cosas deberían ser y no lo son.


Conejo. Me parece que antes siempre nevaba por Navidad. Y en los últimos años…


Toni. (Interrumpiéndole.) Yo prefiero que no nieve. (Pausa breve.) Puedes decir lo que quieras, que voy por bares asquerosos y casinos, pero es que la mayor parte del tiempo estoy en la calle. ¡Ya me he recorrido media ciudad desde que me dieron boleto! A mí que nunca me gustó andar, y ahora parezco un guía – conozco cada calle. Alguien podría aprovechar este conocimiento mío… y darme algún trabajillo… Lo que pasa es que no somos una ciudad turística…


Conejo. A lo mejor un día sí lo seremos.


Toni. A lo mejor. A mí me mola Zagreb, no veo por qué a un extranjero no le va a gustar. (Pausa breve.) No sé, la gente siempre habla mal de ella, pero a mí me gusta. Para mí, los tranvías son más bonitos que los árboles, qué se le va a hacer. Primero el “Rana”, luego el tranvía y al final el árbol. Y eso en otoño…


Conejo. Te acuerdas, cuando eras niño… Mamá siempre decía “el otoño de Zagreb, la primavera de París”.


Toni. (Riéndose.) Y el viejo le tomaba el pelo preguntándole que cómo cóño lo sabía si nunca había estado en París… Ya le valía al viejo. Mejor sería que la hubiera llevado a París en vez de tomarle el pelo. (En este momento entra GRGA al salón de Conejo.)


Grga. ¡Hola, tíos!


Toni. Eh, Grga... Y tú, ¿qué haces por aquí?


Grga. El Conejo me invitó a tomar algo. Justo cuando pensé: “Es Nochebuena y seguro que mi amigo Conejo está solo, podría pasar a verle.” (Dando unas palmaditas a Conejo). ¿Cómo estás, maestro?


Conejo. Tirando.


Toni. (A Grga.) ¿A que sí? (A Conejo.) A mí también me invitaste a tomar algo. Suelo invitarme yo mismo…


Grga. (A Toni.) Me acorde de ti anoche en el casino. En dos horas que jugué por lo menos salió diez veces “ocho y once”. Y tú no estabas.


Toni. (Sinceramente decepcionado.) ¡No jodas! ¡¿Diez veces?!


Grga. ¡Te lo digo! Se lo decía a Rac7, aquel albanés, lo conoces… “Ay, ¡si estuviera Toni! Son sus números.” Y el Rac calladito. Ya sabe el tío que estás jodido desde que perdiste el trabajo y cuánto te valdría que…


Conejo. (A Grga, interrumpiéndole, casi bruscamente.) ¿Estás muy liado hoy? (Pausa breve.)


Toni. (Hablando para sí mismo.) Diez veces.


Grga. (A Conejo.) Bueno... Tres clientes. (A Toni, viendo que el pobre está fuera de sí.) Venga, no seas así hombre... Ya llegará tu momento. (Pausa breve. A Conejo.) He atropellado a un gato. No sé si habrá sobrevivido.


Conejo. (Como si no se diera cuenta.) ¿Qué has hecho?


Grga. He atropellado a un gato. Con el taxi. Estaba cruzando la calle. No lo vi.


Conejo. ¿Cuándo?


Grga. Ahora, cuando venía para acá. ¿Es una mala señal?


Conejo. No lo sé. No creo. (Pausa breve.)


Toni. (Siguiendo con “su tristeza”.) Es una mala señal que un gato negro se te cruce por el camino.


Grga. Ya lo sé, pero pensaba que esto también podría traer mala suerte… Bueno, a la mierda con las supersticiones, ¡me da pena el pobre animal! Mejor hubiera sido matarlo y no que ahora esté sufriendo en algún sitio. (Pausa breve.) Todo por culpa del puto viejo que me sacó de quicio y estoy así… Ay, ¡ojalá pudiera descansar un poco!


Conejo. ¿Qué viejo?


Grga. Un viejo. Un cliente. Hoy por la mañana. Imagínate, se me pone a llorar en el taxi. Tardé media hora en tranquilizarlo y luego lo tuve que llevar a tomar un café… Nunca jamás lo había visto, pero qué hago con él. Dale que te pego a llorar.


Conejo. ¿Y por qué?


Grga. Quería que le llevara desde “Britanac” hasta algún sitio por allí cerca de la calle Miramarska8 – por ahí vive su hija… Todo el tiempo estaba inquieto y a la vez callado: así… como un poco nervioso y como que algo le agobiaba. Entonces, llegamos a la dirección, paramos… y me dice: “Ahora baja mi hija y le paga”. “De acuerdo”, digo yo. Y llama al timbre: una vez, dos veces, llama y llama…


Toni. (Nervioso.) Bueno, ¿y?


Grga. En vez de la hija baja un tío con camiseta y sin pensarlo dos veces, y nada más salir de la puerta – zaf – ¡le da una paliza al viejo! El pobre se quedó de piedra, sorprendido por el golpe. (Pausa breve.) Las gafas se le rompieron en mil pedazos, le empezó a sangrar la nariz… ¡Horrible! Cuando bajé del taxi el tío con camiseta ya había desaparecido. Le pregunté al viejo: “¿Qué es lo que ha pasa’o?” “Quería pedir prestado algo de dinero a mi hija, pero su marido no le deja”, me dice. “Era él.” Y otra vez a llorar.


Toni. ¡Me cago en la puta! ¡Esto sólo pasa en este país!


Grga. Y nada, le quité el cristal que se le quedó en la montura, le di un pañuelo pa’ que se limpiara la sangre y se secara las lágrimas, le entregué su bastón – imagínate, ¡pegar a un viejo que lleva bastón! “Hasta aquí he llegado”, me dice cuando nos sentamos en un bar, “que tengo que pedirle dinero a mi hija”, y otra vez a llorar. “Si pudiera, iría en tranvía, pero ve usted que casi no puedo andar.” “Ya veo”, le dije. “No se preocupe por mí.” Lo llevé a su casa, nos despedimos y ya está. Como si nunca nos hubieramos visto. (Pausa breve.) Sólo que las manos me siguen temblando cuando me acuerdo de él… Por eso atropellé al gato, justo por eso.


Toni. (A Conejo.) ¡Y luego tú me reprochas cuando digo que a esta ciudad ha venido toda la chusma! (A Grga.) No me refiero a ti, Grga, tú eres de los buenos... (A Conejo.) ¿A que nosotros nunca hemos levanta’o la mano a alguien mayor? En casa nos enseñaron lo que es el respeto. Joder, todavía hoy cedo el asiento en el tranvía cuando veo a una mujer mayor cargada de bolsas…


Grga. (A Toni.) Perdona que te diga, pero yo también lo hago.


Toni. Ya te lo he dicho, tú eres de los buenos.


Conejo. Creo que nuestro viejo preferiría morirse antes que pedirnos dinero.


Toni. Nuestro viejo ha muerto.


Conejo. Cuando estaba vivo, Toni... (Pausa.)


Grga. (Notando la “guirnalda de Navidad” de Conejo) Coño, las bolitas estas parecen melones.


Conejo. ¿Qué pasa con las bolas? Siempre pongo las mismas.


Grga. Pues cámbialas alguna vez para variar un poco de ambiente, ya sabes...


Conejo. (Extrañamente serio.) Siempre pongo estas bolitas.


Grga. (Sabiendo el porqué de la seriedad de Conejo.) Bueno, ya lo sé… Ya sé que siempre pones estas bolitas, sólo que…


Conejo. (Sigue serio.) Las pongo desde la guerra. (Empieza con la “historia”, aunque parece que tanto Toni como Grga ya la habían oído antes.) Allí arriba, en Eslavonia9(Pausa breve.) El tiempo era como ahora, más otoñal que invernal.


Toni. (Con consideración.) Conejo, si ya lo sabemos…


Conejo. (Sigue hablando como si no lo hubiera oído.) Viento de levante, bajas presiones, niebla… Todo estaba tumbado… El cielo sobre la tierra. (Pausa breve.) Qué se le va a hacer: era Nochebuena, pues adornas el árbol. Y no había bolitas para elegir. Menos mal que encontramos algunas. Estaban en el sótano, debajo de una capa de polvo bien gorda. Eran sobre las siete, ya era bien de noche. Esos cuatro compañeros míos… Se tumbaron al lado del fuego. Cuando hace tiempo que no disparan, uno se relaja, pero por otra parte – estás tenso, más tenso que cuando caen las bombas. (Pausa breve. Toni y Grga escuchan a Conejo, pero es obvio que lo hacen porque saben que en “esto” no hay que interrumpirle, y no porque la historia les parezca interesante.) Pongo una bolita en el árbol – una de éstas – pongo la segunda, luego la tercera… Tomo la cuarta, cuando de repente en la bolita, como si se tratara de un retrovisor, veo que fuera, cerca de la ventana, ¡algo se mueve! Echo un vistazo a mi gente y menos mal que uno me mira a los ojos. Le doy una señal, así sin palabras – “ventana” – él avisa a los demás… Busco mi fusil, me agacho -pienso “¡ahora los serbios empezarán a dispararnos!”- veo que mi gente toma las armas, yo me aferro a la mía, me acerco al árbol y ¡le doy a la ventana! (Pausa breve.) Disparamos nosotros, disparan ellos, ni veo a quién disparo ni si alguno de los míos está herido… Un caos total… Y así unos diez minutos y, todo se calma. Del todo. Se oye sólo la respiración de nosotros cinco. Nos miramos – nadie está herido. Seguimos un ratito más sin movernos. Entonces vamos hacia la ventana a cuatro patas, miramos hacia fuera – nos parece que se habían ido – y luego a la puerta… La abrimos. No hay nadie. Salimos – todos como un flan, zumbándonos los oídos, miramos al lado de la casa… Nada. Todo limpio. Se fueron. Y dice uno de Sisak10 – al que llamábamos Baja11 y le mataron ocho días después, justo después del Año Nuevo – “Nos salvaron las bolitas.” (Pausa breve.) Luego, cuando nos íbamos de la casa aquella, las metí en la mochila. Recorrieron conmigo media Croacia. Sí… “Nos salvaron las bolitas.”


Toni. (Sabiendo que la historia se acabó; como dándole la razón a Conejo...) Tuvisteis suerte.


Conejo. (A Grga.) Por eso las pongo. (Sonriendo.) Nunca sabes quién se te puede acercar por la espalda, ¿a que no? (Más alegre.) Entonces, vamos a tomar algo, ¿eh?


Grga. (Como si se alegrara de que la historia hubiera acabado.) ¿Tienes el orujo aquel, el casero? ¿O éste ya se lo ha acabado?


Toni. ¿Qué pasa? ¿Ahora tú también me vas a controlar lo que bebo?


Grga. (A Conejo.) ¿Cómo es que todavía no has cerrado? Los festivos tienes que cerrar un poco antes... ¡Hay que respetar las costumbres, no estamos en Alemania!


Conejo. ¿Qué sé yo? Y si viene alguien...


Toni. Pero, me cago en la puta, ¿quién coño va a venir? Tú cierra, y tomamos algo en paz.


Conejo. (Otra vez serio.) Podrías decir menos palabrotas, ¿no crees?


Toni. Joder, ¡es que me salen! (Riéndose.) Ya ves, es una cosa espontánea.


Grga. (Riéndose.) ¡A vosotros dos como si no os hubiera educado la misma madre!


Conejo. Por lo menos hoy. Qué sé yo, nació Jesús y…


Toni. (Interrumpiéndole.) ¿Eso qué tiene que ver?


Conejo. ¿Qué?


Toni. Eso de que nació Jesús. ¿Y qué? ¿No le gustaría oírme decir palabrotas o qué…? ¿Desde cuándo Jesús escucha lo que estoy diciendo? Quiero decir que, si me escucha, debería oír también cuando le pido que me ayude…


Conejo. (Interrumpiéndole bruscamente.) ¿Cómo te va a ayudar Jesús si no te puedes ayudar ni a ti mismo… (Pausa breve.)


Toni. Además, yo no blasfemo. (A Grga.) ¿Has oído alguna vez que me cague en Jesús?


Grga. Nunca he prestado atención, pero me parece que no. (Pausa breve.)


Conejo. (Algo inseguro.) Hoy... Hoy uno debería mirar dentro de sí… e intentar cambiar lo que está mal. Lo que sentimos que está mal…. lo que hacemos mal. Eso es lo que importa. Sólo eso. Y estoy seguro de que cada uno lo sabe. Es decir, cada uno siente en qué se equivoca. (Pausa breve.)


Toni. Reconozco que me cuesta seguirte. (Pausa breve.) Además, todavía no ha nacido.


Grga. (Como si no lo entendiera.) ¿Cómo que no?


Toni. Pues Jesús nació en Navidad, que es mañana. Eso quiere decir que hoy todavía podemos estar relajados. (Riéndose.)


Conejo. (Serio.) Voy a por la bebida. (Se va a la habitación de atrás.)


Grga. ¿Qué coño le pasa...?


Toni. Sabes, me preocupa un poco. A veces está… raro. Bueno, antes también lo estaba, pero… Desde que Maja12 y el niño se fueron, me parece que le da mucho más por…


Grga. Es que no lo ha superado todavía. ¡Ni lo va a superar! Joder, está feo no tener ni idea de lo qué está pasando con tu hijo. ¿Se sabe algo nuevo o…?


Toni. No. Hace ya tres meses. Lo último que hemos oído – pero tampoco es seguro – es que están en Berlín. Parece ser que ella tiene familia allí, qué sé yo… (Pausa breve.)


Grga. Me cuesta creer que le…


Toni. ¿Qué?


Grga. Que le pegaba. (Pausa breve.)


Toni. (Como si defendiese a su hermano.) Nadie dijo que le “pegaba”.


Grga. ¿Cómo que no? Pero si el juez…


Toni. (Le interrumpe.) ¡Tuvieron algunos roces, pero no le “pegaba”! Dos o tres veces…


Grga. ¡Sí, dos, tres veces pero un buen rato! ¿Cómo se llama esto?


Toni. (Nervioso.) No lo sé, Grga, ¡no sé cómo se llama eso! Llámalo como quieras.


Grga. Bueno, no te pongas así, ¡eh! Aparte dije que “me cuesta creerlo”. (Pausa breve.)


Toni. ¿Cómo están tus niñas? Me ha dicho Conejo que Neda estaba algo mala. ¿Qué, varicela?


Grga. Sí, pero ya está buena. Las tres están bien, pero vamos a tocar madera. (Pausa breve.) La única que está triste es Olga, por las vacaciones. (Orgulloso.) Una niña rara: le gusta ir al colegio. Hace una semana les enseñaron la letra “o”. (Riéndose.) Todavía estamos buscando las cosas redondas por el parque. ¡Por ahora es su letra favorita! Dice que es benigna la letra. Imagínate a estos niños de hoy. “Benigna.” Seguro que lo oyó por ahí. (Pausa breve.) ¿Y las tuyas? ¿Están bien?


Toni. Sí, están bien. (Pausa breve.)


Grga. ¿Les has dicho que te...?


Toni. (Interrumpiéndole.) Todavía no. (Pausa breve.) Ayer me peleé otra vez con Vanja. Estaba limpiando el bacalao y me gritaba… Todo el tiempo… Eso, mientras lo limpiaba… Y tú sabes cuánto se tarda en limpiar el bacalao. ¿Y cómo se lo voy a decir? Si me grita todo el tiempo. Que soy “poco serio e irresponsable”. (Pausa breve.) Pues sí, lo soy... Se me olvidó recoger a Marta después de la clase de ballet. Me tomé siete vodkas abajo, en el casino. El Gordo ganó 500 euros y nos invitó a todos… Qué se le va a hacer. Y la niña estuvo una hora esperando y pasando frío. Casi se congela. Nosotros – parece ser que hemos nacido para pasar frío… Hoy me pregunta: “Papá, ¿por qué no me recogiste?” ¿Y qué le digo? “Cariño, es que el papá se ancló a la barra del bar.” (Pausa breve.) Joder, que soy un capullo. (Vuelve Conejo con una bandeja de metal en la cual hay una botella de orujo y tres vasos.)


Grga. (A Conejo.) Bueno, ¿y tú dónde has estado tanto tiempo?


Conejo. (Dejando la botella y los vasos.) Tenía que buscar los vasos, lavarlos... No vais a beber en los vasos sucios. (Echa el orujo; da los vasos a Grga y a Toni.) También estuve buscando la botella. Éste debería estar mejor que el otro. Es de Istria, de muérdago…


Toni. ¡Coño, el muérdago es venenoso! (A Grga.) Nos quiere matar.


Conejo. (Toma también su vaso y brinda.) ¡Salud! ¡Feliz Navidad!


Grga. No sé si se debe felicitar, porque todavía no es… A lo mejor trae mala suerte.


Toni. (A Grga.) ¿A ti qué coño te pasa hoy? Todo el tiempo estás llamando a la mala suerte. Como si no tuvieramos ya suficiente....


Grga. (Brindando.) Bueno, venga, ¡salud! (Brindan los tres y se beben el orujo.) Uuu... ¡Está buenísimo! (A Toni.)


Conejo. (A Grga.) ¿Otro?


Grga. No, ya está. No debo beber mientras trabajo.


Toni. (Ofreciendo un vaso a Conejo.) Yo no trabajo. Dame otro. (Conejo no le echa. Toni toma la botella y se echa solo.) ¡Joder, es Nochebuena! (Brinda.) ¡Salud! (Se lo bebe de un trago. Pausa.)


Conejo. (Deja el vaso; otra vez serio.) ¿Pensabais que no os oigo?


Grga. (Confuso.) ¿Qué?


Conejo. Antes, cuando estaba atrás. ¿Pensabais que no oigo lo que estábais hablando? (Pausa. Silencio incómodo. De repente, Conejo empieza a reírse.) ¿Qué os pasa, eh? ¡Que es una broma! (Toni y Grga no se ríen, aunque Conejo sigue con sus carcajadas.) Desde atrás no se oye nada, así que no tengo ni idea de qué estábais… (En este momento en el salón entra el JOVEN.)


Joven. (Lleva unos libros en los brazos; se siente un poco incómodo.) Buenas noches.


Conejo. Buenas. (Pausa. Obviamente, Conejo supone que el Joven es un cliente.) Adelante, adelante.


Joven. No, gracias. Estoy vendiendo libros, si están... (Les enseña los libros.) Son más baratos que en las librerías. Se los podemos dar a plazos, entregar a domicilio…


Toni. (Interrumpiéndole, aunque parece ser que Conejo está algo interesado en la oferta del Joven.) No nos hacen falta libros. (Pausa breve. Parece ser que a Conejo le es algo incómodo mostrar interés por los libros, mientras que se ve que Toni es “alérgico” a los vendedores a domicilio.) No nos interesa. Gracias.


Joven. (Retirándose; es muy tímido para alguien que debería vender algo.) Perdonen la molestia. Hasta luego. Feliz Navidad... (El Joven se va. Al salir se le cae un guante, pero nadie lo nota. Pausa breve.)


Toni. En este país todo el mundo vende. ¿Y quién produce?


Conejo. (A Toni.) Podías ser un poco más amable.


Grga. (A Conejo.) Déjalo, es mejor echar a los tíos como ése. En cuanto te pones a hablar con ellos, te venden algo.


Toni. El tío no está para darte conversación. Sólo quiere que le compres un libro. (Pausa breve.)


Conejo. A lo mejor le compraría algo.


Toni. Venga, Conejo... ¡Pero si tú no compras libros! Aparte, si de verdad valieran algo, no los vendería de puerta en puerta.


Grga. (Interrumpiendo la conversación.) ¿Vamos a tomar otro, eh? Para que tengamos buena salud.


Toni. ¡Me gusta cómo piensas, Grga! (Echa el orujo en los vasos. Conejo nota el guante; lo toma.)


Conejo. Se le cayó un guante.


Toni. (Le da un vaso de orujo a Grga, el otro se lo queda él.) A mí el tío me parecía un zumbado.


Conejo. ¿Y eso?


Toni. (Ofrece el vaso a Conejo.) No sé… Por intuición. (Conejo no toma el vaso.) Venga, toma. (Conejo toma el vaso. Toni se echa el orujo en su vaso también. Brinda.) ¡Por los tíos zumbados! (A Grga.) Perdona, has dicho “por la salud”, ¿verdad? Venga, entonces, ¡por la salud! (Toni y Grga se beben el aguardiente/licor de un trago. Conejo vacila un poco, después él también se lo bebe. Toni se echa más.)


Conejo. (A Toni.) Te vas a emborrachar otra vez. Y la medianoche está lejos...


Toni. (Brinda con Grga.) ¡Salud, tío! (Bebe; a Conejo.) Pero bueno, ¿nos invitaste a tomar algo o qué? Me echan sermones en mi casa, y luego tú me vienes con lo mismo. ¡Como si fueras el hermano de Vanja, y no el mío! Estaría muy orgullosa si te oyera… (Pausa breve.) ¡Venga, relájate un poquito, hombre!


Conejo. (Casi amenazando.) ¿Que me relaje?


Toni. ¡Sí, relájate! Se te ve tenso. (Pausa breve.) Vas a reventar. (Pausa breve.) Aparte, ¡yo no me emborracho tan fácilmente! (A Grga.) ¿A que es verdad? (Riéndose.) Es que estoy bien entrenado. A lo mejor hablo demasiado cuando bebo. Y ya está. Y tambíen, a lo mejor estoy un poco más alegre. Un poquito. No es un pecado. Y un poco más sincero. Eso también. (Toni está claramente borracho, mientras que la seriedad de Conejo parece ser que no terminará bien.)


Conejo. ¿Más sincero?


Toni. Justo. Venga, hazme alguna pregunta y te la respondo sinceramente. Lo que te interese. (A Grga.) ¿Te parece bien?


Grga. (Consintiendo.) No tengo nada que decir.


Conejo. (Como comprobando si ha entendido bien lo que le pide Toni.) ¿Que te pregunte algo?


Toni. Sí.


Conejo. ¿Ahora mismo?


Toni. Sí. ¿Cuándo si no? (Pausa.)


Conejo. (Totalmente serio.) ¿Por qué te estás arruinando la vida?


Toni. (Como si no lo entendiera.) ¿Qué? (Pausa breve.)


Conejo. Te pregunto que por qué te estás arruinando la vida. (Pausa.)


Toni. (Nervioso.) Conejo, ¿a ti qué coño te pasa? (Pausa breve.)


Conejo. ¿Por qué? Sólo te pregunté algo. ¿No es lo que querías? (Pausa breve.)


Toni. Sí, pero... (Totalmente fuera de sí.) Sabes qué, Conejo... ¡De verdad que no te voy a hacer caso! Podemos estar de cachondeo y todo eso, pero cuando empiezas a dispararme con tus dardos… ¡Tengo la sensación de que estoy delante de un juez, y no de un hermano!


Conejo. (Interrumpiéndole de una manera brusca.) ¿Qué te estoy disparando?


Toni. (Como si no oyera lo que dijo Conejo.) ¡Como si todo lo que has hecho tú fuera de listos y yo un gilipollas integral!


Grga. (Intenta tranquilizar la situación dándose cuenta de que la misma se está complicando.) Toni, Conejo... Venga, tíos…


Conejo. (A Toni.) ¿Con qué dardos, eh? (Pausa breve.) ¿Y tú qué sabes de disparar, Toni? Nada. Así que di: “Gracias, Dios mío, por no saber nada.”


Toni. (Como si no lo entendiera.) Hombre, ¿de qué estás hablando?


Conejo. ¿Han “disparado” alguna vez a un amigo delante de tus ojos? ¿Eh? ¡¿Lo han hecho!? Y un mes después a otro. Te vas allí con ellos. Y vuelves sin ellos. ¿Te lo han hecho alguna vez, eh, Toni?


Toni. (Como si se retirara un poco.) No, pero… ¿Eso qué tiene que ver?


Conejo. (Interrumpiéndole bruscamente.) ¡Sí que tiene que ver! (Pausa.)


Grga. Toni no se refería a eso, Conejo. Claro que es horrible cuando…


Conejo. (Interrumpiéndole.) “¿Horrible?” Lo “horrible” no es nada en comparación con eso, Grga. Vosotros no tenéis ni idea. Tú en aquel tiempo estabas en Munich, si no recuerdo mal.


Grga. ¿Ahora me vas a machacar a mí? (Como si no quisiera entrar en el conflicto.) Pensé que ya lo habíamos discutido.


Conejo. ¿Pero qué es lo que hay que discutir, Grga? Cada uno ha hecho lo que pensaba que debía hacer. Y ya está.


Grga. (Algo ofendido.) ¿Quién iba a ir en taxi mientras los aviones sobrevolaban la ciudad? ¿Eh? Mi tío abrió un restaurante en Munich y necesitaba un camarero. Y sí, me fui… Lo hice. Aquí no había trabajo. ¿Tan malo es el intentar alimentar a tu familia y a uno mismo?


Toni. (Para sí mismo.) Aquí tampoco hay trabajo ahora.


Conejo. (A Grga.) Yo a ti no te reprocho nada.


Grga. A lo mejor no me lo reprochas, pero cada dos por tres sacas el tema, así de paso, de que tú estabas “allí” y nosotros no, y que por eso no podemos hablar contigo de ello… (Pausa breve.) ¿Por qué nos hablas de eso entonces? (Pausa breve.)


Conejo. Cuando durante meses miras la sangre y el barro y los agujeros en los cuerpos de aquellos con los que hasta ayer jugabas a las cartas... Eso se queda en lo más profundo de tu interior. Con eso te acuestas y te levantas. Y luego hablas de eso. ¿Te parece extraño?


Grga. No. Pero lo que no puedes decir es que Toni y yo no te escuchamos.


Conejo. Sí que me estáis escuchando. Lo que pasa es que no sé si me estáis oyendo. (Pausa.)


Grga. Sabes, ahora que ibas a por el orujo... Comentábamos que después de todo lo llevas muy bien. (Pausa breve.)


Conejo. ¿Te refieres a lo de después de que Maja me dejó y se llevó a Igor, porque “me volví muy pesado y oscuro”? (Pausa.) Echo de menos al crío, sabes.


Grga. Es normal que lo eches de menos.


Conejo. El crío me tenía miedo.


Grga. Qué dices, por qué te...


Conejo. (Interrumpiéndole, como si no le oyera.) Sí, me tenía miedo cuando me daba por... Igual es mejor que se lo haya llevado…


Toni. Y una mierda, ¿cómo que es mejor? Eres su padre. Los niños deben tener padre y madre.


Conejo. Pero si uno es una mierda, un inútil… Entonces es mejor que tengan sólo a uno.


Grga. ¿Y tú por qué eres una mierda? Si lo adorabas. (Corrigiéndose.) Si lo adoras.


Conejo. Le pegaba, Grga. (Pausa breve.) A ella también. (Pausa breve.)


Grga. Bueno, se te ha ido la mano un poco, ¿y qué? Dime quién no ha pegado nunca a su hijo. A lo mejor está mal. Pero a lo mejor no. A veces hay que tener mano dura con los críos…


Conejo. (Como si no lo oyera.) Uno intenta olvidarse de la guerra. Espera a que todos esos horrores se queden allí donde los ha dejado. Que se duerman. Sí, pero ellos… Ellos duermen muy mal. Se despiertan todo el tiempo. No te dejan en paz. Así son ellos. Inquietos. Así que tú también te vuelves así. Inquieto. (Pausa breve.) Da igual, tenía que haberme dado cuenta de lo que tenía. (Pausa breve.) Pero estaba ciego. Y tonto también. Así que iba vagando por ahí, en vez de… ¡Imbécil! Les pegué. Mucho. A Igor. Y a Maja. Pensé: “Eso lo has hecho ahora y – válgame Dios – nunca más.” Pero se repitió. ¿Es esta manera de tratar a los que más quieres? ¿Y sólo porque te es difícil vivir contigo mismo y porque sueñas con la sangre y el barro y los agujeros en los cuerpos de aquellos con los que hasta ayer jugabas a las cartas? Pues no. (Pausa breve.) Y lo trágico es darse cuenta de qué es lo que más te importa cuando lo pierdes. (Como si estuviera cada vez más seguro de lo que quiere decir.) Por eso te lo digo, Toni, te lo digo como a un hermano: “Di a tu familia que te han echado del trabajo. Deja de esconderte por los casinos y los bares.” Y todo se arreglará. Ya verás. Todavía no es demasiado tarde. Es mejor que te des cuenta ahora y no cuando estés hundido totalmente. Porque lo único que podrás hacer entonces será darte de cabeza contra la pared, lo que no te ayudará mucho… (Pausa breve.) La Nochebuena a lo mejor es buena para empezar algo.


Toni. Bueno, ¿qué quieres de mí, Conejo?


Conejo. Que me prometas que dejarás de arruinarte la vida. Y que intentarás cambiar.


Toni. (Como tratando de averiguar si Conejo le habla en serio.) ¿Que intentaré cambiar?


Conejo. Sí. (Pausa.)


Toni. Y según tú, ¿cuándo debería empezar con estos “cambios”?


Conejo. Ahora mismo. (Pausa breve.)


Toni. (Riéndose; está claro que todo se lo ha tomado a la ligera.) No estoy seguro de poder prometértelo. Ya sabes el dicho: “La serpiente cambia de piel, pero siempre es la misma.”


Conejo. (Agarra bruscamente una navaja de afeitar, ataca a Toni y lo aplasta contra la pared, poniéndole la navaja debajo del cuello.) ¿De verdad?


Grga. (Sorprendido.) ¡Conejo!


Conejo. (Sin soltar a Toni, brusco y decidido, pero tranquilo, como si supiera lo que hace.) ¿Y por qué la serpiente no va a cambiar? Si sabe que está haciendo algo malo. (Aplastándole todavía más contra la pared.) ¿Eh, Toni?


Toni. (Respirando a duras penas, pero sin oponer resistencia, completamente confundido y asustado.) ¡Tú estás mal de la cabeza, Conejo! Te lo juro, estás zumbado...


Conejo. (Está claro que no tiene la intención de soltar a Toni.) A lo mejor. Pero ahora no estamos hablando de mí.


Toni. ¡Déjame, capullo!


Grga. (No sabiendo qué hacer.) Conejo, déjalo…


Conejo. (Como si no les oyera. Se nota que es mucho más fuerte que Toni, que está aplastado.) ¿Entonces qué? ¿Me prometes que lo dejarás?


Toni. (Casi asfixiándose.) Conejo...


Conejo. (Decidido y sin soltar a su hermano.) ¿Sí o no?


Toni. ¡Suéltame!


Conejo. “Sí” o “no”. “Lo intento” o “me rindo”. Pero cuidado, es una promesa, y no una broma. Tienes que cumplir con lo que prometas. (Pausa breve.)


Grga. Prométeselo, Toni. (Pausa breve. Toni apenas respira.) No seas tonto, que va en serio… (Pausa breve.)


Toni. (Hablando a duras penas.) Que sí…


Conejo. (Sin soltarlo.) ¡Prométemelo!


Toni. (Asfixiándose.) Te lo prometo. (Conejo lo suelta. Pausa breve. Toni está tosiendo.) ¡Cabrón, Conejo, me cago en la puta! Tú estás mal de la cabeza.


Conejo. (Deja la navaja; tranquilo.) Y tú me has prometido algo.


Toni. Sí, te lo he prometido, ¡con la navaja en el cuello! ¡Qué, ¿degollarías a tu propio hermano?! ¡Eh, idiota subnormal! ¿Qué?


Conejo. Hay que ayudar a la vida, y no al revés.


Toni. (Totalmente fuera de sí.) ¡¿A la vida?! Es que casi me matas. ¿De qué puta vida estás hablando?


Grga. (Intentando tranquilizarle.) Toni...


Toni. (A Grga.) ¿Has visto lo que me hizo? Eres igual que él, gilipollas. No has movido ni un dedo. Me podía haber matado delante de tus ojos, y tú no hubieras hecho nada.


Grga. (Intentando disimular su nerviosismo.) ¿Y qué podía hacer?


Toni. ¡Pues ayudarme!


Grga. ¡Si te puso la navaja en el cuello, Toni!


Toni. (A Grga.) Me cago en ti también... (Pausa breve. A Conejo; soltándole todo lo que se le pasa por la cabeza.) ¡Tú eres un enfermo! ¡Eres un puto enfermo! ¡Estoy hasta la polla de ti! ¡De ti, de esa guerra y de todos vosotros que estabais allí! ¿Tú te crees que por “el barro, la sangre y los agujeros” tenéis derecho a maltratar a todo el mundo? ¡La guerra ha terminado, Conejo! ¡No podemos andar de puntillas todo el tiempo y disculparnos por todo lo que os jodió “allí”! ¿Es nuestra culpa? ¿Eh? ¡¿Es mi culpa?! ¿Tengo la culpa de haber escuchado todas las noches, desde que te pusiste el uniforme, a la vieja chillando? ¡¿Porque al viejo le dio un patatús cuando nos llamaron para decir que estabas herido?! ¡Coño, es que en la casa dejaste a tu mujer y un niño pequeño! A Maja casi se le caen los ojos de ver la tele y leer histéricamente el periódico sólo para saber algo de ti, lo que fuera… (Casi llorando de rabia y pena.) ¿Y ahora esto debería ser la excusa? ¿Es que tú estas jodido y ya no hay remedio y crees que así te puedes hacer el listo? ¡¿Salvarme a mí?! ¡Es que no tienes derecho! A lo mejor yo no quiero que me salven, ¿eh? ¡A lo mejor me lo paso bien en los bares y en el casino y en realidad me da igual el trabajo, Vanja, Marta y todo! (Pausa breve.) “¡Estabais defendiendo la patria!” ¿Y qué? ¿Qué tenéis ahora de eso? ¡Si hubiera justicia y algún orden en las cosas, a lo mejor hoy ese Dios tuyo o qué sé yo quién os hubiera premiado en vez de castigaros! (Para, respirando con dificultad por la rabia con la que pronunció todo esto.)


Conejo. Yo no me fui a la guerra para que me dieran un premio, sino porque no hubiera podido mirarme en el espejo si me hubiera quedado aquí. Y Dios a lo mejor ésto lo considera igual de egoista como cualquier otra cosa. ¿Quién puede saber cómo piensa Él? (Pausa breve.) La decisión está en nuestra cabeza: “Andar por ahí en plan cadáver, o vivir.” (Pausa breve.) Sé muy bien que no te da igual ni Marta, ni Vanja, ni el trabajo… Así que te ruego que...


Toni. (Interrumpiéndole, como si no se lo creyera.) ¿Me lo “ruegas”?


Conejo. Sí, Toni. Ya llevo días rogándotelo. Desde que te echaron del trabajo.


Toni. ¡Qué manera más bonita de rogar, Conejo!


Conejo. Es que no había alternativa. No me hacías caso. No me tomabas en serio.


Toni. ¡¿Y por qué te crees que ahora sí te he tomado en serio!? ¿Porque casi me degüellas? Con esto sólo me has demostrado lo que sospechaba antes: ¡que volviste de esa guerra más loco que una cabra!


Conejo. (Sigue igual de tranquilo y decidido.) Me tomaste en serio. (Pausa.)


Toni. Me voy de aquí.


Conejo. ¿A dónde?


Toni. (Furioso.) ¡Y a ti qué te importa! ¡Casi me degüellas! ¡¡¡Imbécil!!! (Pausa breve.)


Conejo. Dile a Vanja y a Marta que les deseo una feliz navidad. (Pausa breve.)


Toni. Tú eres peligroso, Conejo. Peligroso. (A Grga.) ¿Te vas a quedar con este loco?


Conejo. (A Grga.) Quédate un rato más. (Pausa.)


Toni. (A Conejo.) ¿Ahora le toca a él? (Pausa breve.) ¡Que no te extrañe si llamo a la policía! O a la ambulancia. ¡Para que te lleven a donde te mereces! (Se va hacia la puerta, como si no estuviera seguro de si tiene que irse o no. Antes de salir, se para. Todo esto puede durar mucho tiempo.) A ti y a todos los que son como tú. (Sale a la calle. Pausa.)


Grga. ¿Y? ¿Por qué me pondrías la navaja en el cuello a mí, Conejo? (Pausa breve.) ¿Cuáles son mis pecados?


Conejo. ¿Crees que se me ha ido la cabeza, verdad? ¿Que no soy normal?


Grga. (Intenta permanecer sereno.) Le pusiste la navaja en el cuello a tu hermano, Conejo. ¿Qué es lo que debería pensar?


Conejo. Nunca haría daño a Toni. (Pausa breve.) Sólo quería que por fin me hiciera caso.


Grga. (Parece ser que ha decidido intentar hablar tranquilamente con Conejo.) ¿Y de verdad te crees que ahora – ¿cómo dijo? – “intentará cambiar”? (Pausa breve.) ¿Qué coño te ha pasado? Estás hablando como un profeta. (Pausa breve.) No puedes obligar a la gente a que cambie. Si ellos solos no se dan cuenta…


Conejo. (Interrumpiéndole.) No podía esperar más a que él mismo se diera cuenta.


Grga. Es que tú no tienes nada que “esperar”, Conejo. Es su vida y que haga con ella lo que le dé la gana.


Conejo. Es mi hermano. (Pausa breve.) Y tú mi amigo.


Grga. (Más agresivo.) Ay, ¡qué bien! Por fin me toca. Venga, entonces, ¡toma la navaja, maestro! ¿En tu lista estamos sólo nosotros dos o tu noble misión abarca un círculo más amplio de gente? ¿Igual has decidido comunicar a toda la ciudad que debe “intentar cambiar”? ¿Qué, irás por ahí con la navaja asustando a la gente, Conejo? (Pausa.)


Conejo. Que no. Sólo decidí hacerlo con vosotros dos…


Grga. (Interrumpiéndole.) ¿Y por qué justamente nosotros?


Conejo. ¿Es que tengo a alguien más? (Pausa breve.)


Grga. ¿Y eso de que escogiste la Nochebuena, es por casualidad? ¿Es algo religioso o qué? (Pausa breve.)


Conejo. Espera un momento… (Conejo abre el cajón de la mesa de trabajo y de él saca un papel doblado, parece arrancado de una revista. En él hay un cuento.)


Grga. (Como si no lo entendiera.) ¿Y esto qué es?


Conejo. Escucha… (Empieza a leer.) “Soy un hombre completamente ordinario. Todavía peor que ordinario. Me estoy volviendo calvo, me está saliendo barriga, el mes pasado cumplí cuarenta años. Tengo los pies planos. El médico me dijo hace mucho tiempo que voy por buen camino para pillar diabetes. Hace tres o más meses que me acosté con una mujer – pero tuve que pagar.” (Pausa breve.) “No hay ni una sola persona que sienta cariño hacia mí, ya sea en el trabajo o en la vida privada. El hablar con la gente se me da mal, y con la gente desconocida todavía peor, así que no puedo tener amigos. No tengo talento para el deporte, soy duro de oído, soy bajo, tengo fimosis, soy miope – y también tengo astigmatismo. Llevo una vida horrible. Lo único que hago es hincharme a comer, dormir y cagar. No tengo ni idea de por qué vivo. ¿Por qué un hombre como yo debería salvar Tokio?” (Pausa breve.) “Por eso, señor Cataguiri, porque a Tokio la puede salvar solamente una persona como usted. Y justo por gente como usted, yo estoy intentando salvar Tokio.” (Pausa breve.) Cataguiri vuelve a suspirar, esta vez todavía más profundamente. “Pues bien, ¿qué es lo que espera de mí?”* (Pausa. Conejo termina de leer. Vuelve a doblar el papel, esta vez guardándoselo en el bolsillo del mono.)


Grga. (No entendiendo la conexión entre el texto leído y lo que Conejo hasta entonces había dicho.) ¿De dónde has sacado esto?


Conejo. Somos nosotros, Grga, ¿a que no te das cuenta? Toni, tú, yo… Nosotros “llevamos una vida horrible.” Lo único que hacemos es “hincharnos a comer, dormir y cagar.” Y no intentamos mejorar nada. (Pausa breve.)


Grga. Bien, y aunque fuera así... ¿Qué tiene que ver el Cata... me cago en la puta, cómo se llamaba?


Conejo. Cataguiri.


Grga. “Cataguiri.” ¿Qué, vamos a salvar Tokio con él?


Conejo. No, Tokio no, Grga. A nosotros mismos. (Pausa breve.) No sé si Dios existe o no. Quiero decir, antes creía que existía, pero luego, después de la guerra… Estaba furioso. A mí también se me ocurrían pensamientos como a Toni ahora… “¿Cómo Dios ha podido consentir que suceda todo esto? Si quiere que suframos, entonces no es bueno. Es malvado. Y si Dios es de verdad así, yo no quiero ni puedo creer en Él.” Estuve pensando en ello durante mucho tiempo. Por qué nos pasa todo lo que nos pasa. Si Dios tiene la culpa… y si existe. Pero si no… Entonces no existe y… (Pausa breve.) Lo que quiero decir es… Que nada cambia. De esta o aquella manera, con Dios o sin Él, vivimos esta vida y… no deberíamos malgastarla. Eso no tiene ningún sentido. (Pausa breve.)


Grga. Ya sabía que era alguna mierda religiosa. (Pausa breve.) ¿Con quién habla este japonés tuyo?


Conejo. Con una rana. (Pausa breve.)


Grga. ¿Rana?


Conejo. Sí.


Grga. ¡Madre mía! (Pausa breve.) Imagínate, Conejo, que a alguien de fuera, que nunca nos ha visto, le contamos que tú has leído este texto, o lo que sea, en el cual un japonés está hablando con una rana… Y que después de leerlo decidiste ayudar a tu hermano y a tu amigo atacándoles con una navaja… ¿Qué crees, qué diría esa persona? ¿Quién es el que está mal de la cabeza y al que hay que ayudar?


Conejo. Todos estamos mal de la cabeza, Grga. Mientras nos arruinamos a nosotros mismos.


Grga. ¿Es que no te rindes? (Pausa breve.) ¿De verdad crees que es posible cambiar? ¿Cambiar en serio?


Conejo. Tiene que ser posible.


Grga. ¡Hombre, es que nada tiene que ser! ¿Y qué si somos demasiado débiles? Toni se quedó sin trabajo. A lo mejor porque juega y bebe. Pero a lo mejor por alguna fuerza mayor, quién sabe. Por las circunstancias, Dios, Destino, Naturaleza… ¡Qué sé yo! Y ahora bebe y juega todavía más. Intenta olvidarlo, esperando que las cosas se arreglen solas… Claro que se da cuenta de que está mal, por eso no te preocupes. Pero es débil. Demasiado débil para cambiar. ¿Y qué? ¿Por eso hay que degollarlo? ¿Porque el tío no ha tenido suerte? (Pausa.) Hoy a lo mejor has perdido a un hermano, Conejo.


Conejo. A lo mejor. Pero a lo mejor nuestra relación se ha arreglado y hecho más fuerte. (Pausa.)


Grga. ¿Y yo? ¿Qué sermón tienes para mí?


Conejo. (Como retirándose.) Ninguno. (Pausa breve.)


Grga. (Parece ser que es él el que ahora no quiere rendirse.) ¿Sabes que estoy saliendo con una tía?


Conejo. (Como si no lo entendiera.) ¿Cómo?


Grga. Que estoy saliendo con una tía. Tiene veintidós años. Llevo ya un año y medio con ella. (Pausa breve.)


Conejo. No lo sabía.


Grga. Pues ahora ya lo sabes. Así que ya puedes sacar la navaja y convencerme que deje de engañar a Sonja13. (Pausa. Conejo no sabe qué decir. Grga toma la navaja y se la ofrece.) Toma. (Conejo no la toma. Pausa breve.) ¿No quieres? (Pausa breve.) Me lo paso bien con ella, sabes. El sexo es estupendo. Igual me enamoré de ella. Igual incluso la quiero. Joder, ¿qué se le va a hacer? Y en la casa tengo a mi mujer y dos hijas. No sabes cuál es la más guapa. Y las quiero. A las tres. Nunca podría decirles nada de esta tía. Ni muerto. Esto les haría daño. ¿Es posible esto? Quiero decir, estar así, con dos mujeres a la misma vez y tan tranquilo. Para siempre seguro que no será, pero yo no tengo ni idea de cómo arreglarlo. No tengo ni idea. Y me gustaría que tomaras la navaja, tú o quién sea, y que me hiciera más listo. Coño, ¡cómo me gustaría! Pero no creo que pase esto. No creo, Conejo. (Vuelve a ofrecerle la navaja.) ¿Quieres probar?


Conejo. (Empuja fuerte a Grga; nervioso.) ¡Quita! (Grga se cae. Conejo está como asustado de sí mismo. Pausa.)


Grga. (Se levanta. Parece como que se va a pelear con Conejo, pero al final desiste.) ¿Puedo darte un consejo? Y ya que el día está así de jodido.


Conejo. Vale.


Grga. Tío, que te hace falta ayuda, profesional. Porque me parece que… ya no te puedes controlar. Que no puedes soportar todo lo que se te ha venido encima. La mierda de la guerra, Maja e Igor, putadas con los juicios… Es difícil. (Pausa breve.) Ayúdate a ti mismo, y no a nosotros. Porque si te has rendido tú, ¿por qué te tomas el derecho de decirnos a nosotros lo que tenemos que hacer? (Pausa breve.) Y además, lo que dices… Que no es normal, Conejo…


Conejo. Y lo de “ocho y once – al negro” de Toni, ¿esto es normal? ¿Los idiotas con camiseta que pegan a los viejos? ¿Tú y tus dos ‘mujeres’?


Grga. (Interrumpiéndole.) Creo que entendiste lo que te quería decir. Y lo de que todos estamos mal de la cabeza, eso no es ningún descubrimiento espectacular… (Pausa breve.)


Conejo. Anoche puse la tele. Justo ponían uno de esos programas… la presentadora, los invitados, eso… El primer invitado era un negro que quería ser miembro del “Ku-klux-klan” porque pensaba que los negros son una raza inferior. Luego vino una tía que se acostó con un extraterrestre. Ahora “quiere confesárselo” a su marido. El tercero era un tío que se cree que es un topo y dice que todos descendemos de los topos… Al final todos se pegaron.


Grga. (Como perdiendo la paciencia poco a poco.) Conejo, estoy cansado. Esta semana tuve cinco turnos de noche…


Conejo. (Sigue, como si no le hubiera oído.) El público les aplaudía. Entre ellos, los había “a favor” y “en contra”. Miré sus caras. Estaban disfrutando. (Pausa breve.) Y hoy, antes de venir aquí… Paso junto a dos vecinos y por casualidad oigo de lo que hablan. “Imagínate”, dice uno, “han descubierto que no descendemos de los monos, sino de los topos.” “Es que lo de monos de todas formas nunca lo han comprobado del todo”, dice el otro. (Pausa breve.) Grga, ¿eso te parece normal? ¿Te parece normal que la gente en la tele se ría de la pobreza y la pena de los demás, que animen como si se tratara de un combate de boxeo o disfruten como si fuera un espectáculo de gladiadores? ¿Y no te parece normal lo de intentar ayudar a los demás?


Grga. (Interrumpiéndole.) Me estás hablando de escuchar a los demás, y yo tengo la sensación de estar hablando con la pared. Esta discusión no tiene sentido. (Pausa breve.) Tengo que irme. El taxi está parado. No puedo seguir escuchando la misma historia. No te enfades, pero…


Conejo. (Interrumpiéndole.) ¿Me puedes decir algo, pero sinceramente?


Grga. Todo este circo empezó justo cuando Toni mencionó lo de la sinceridad. Me cago en la sinceridad. (Pausa breve.) Sí, te lo diré. Dime. Y luego me voy a trabajar. (Pausa breve.)


Conejo. ¿Tú crees que Toni y tú os podréis olvidar de lo de hoy? ¿Vais a pensar en ello? (Pausa.)


Grga. Lo mejor sería que nos olvidáramos de ello. Pero no creo que esto sea posible. ¿Es esto lo que querías oír?


Conejo. Sí. Supongo. (Pausa breve.)


Grga. Pero creo que tampoco olvidaremos al hombre-topo. (Pausa. Conejo le da la espalda a Grga y se acerca al mostrador, como si desistiera de la conversación.) Conejo… (Pausa breve.) ¿De verdad, te lo has pensado… lo de hablar con alguien? (Pausa breve.)


Conejo. ¿Con un psiquiatra?


Grga. (En lugar de responder.) Sabes, primero lo de Maja e Igor, y ahora Toni… No es una vergüenza pedir…


Conejo. (Interrumpiéndole.) Ya fui a ver a un psiquiatra. Cuando lo del juicio… Cinco o seis veces. (Pausa breve.)


Grga. ¿De verdad? No me lo habías dicho.


Conejo. ¿Y qué te voy a contar? ¿Que me han puesto en el grupo de veteranos de guerra que han pegado a algún miembro de su familia? ¿Que uno pegó a su padre, igual que el de la camiseta, y que no dejaba de llorar mientras nos lo contaba? “Como si se me hubiera nublado la mente, decía. “Soy más bueno que el pan, de verdad…” ¿Sabes cuántos tíos como yo hay en este país? El psiquiatra se me disculpó por no poder pretarme “atención personalizada”. “Somos muy pocos, sabe, para todos ustedes.” (Pausa breve.)


Grga. ¿Quieres que le pregunte a Sonja? Ella no trabaja en ese departamento, pero conoce a enfermeras, médicos, eso… Hay expertos, seguro, que te podrían ayudar. (Pausa.) ¡Joder, qué cansado que estoy! (Pausa breve.)


Conejo. Venga, Grga, que tu taxi te está esperando. (Sonríe, cariñosamente.) Tienes que ganarte el pan para todas esas mujeres que tienes.


Grga. (También sonríe, pero con algo de amargura.) Que sepas que sí. A todas les gusta gastar. Incluso a la más pequeña.


Conejo. Dales un beso a Sonja y a las niñas. Supongo que hoy y mañana estarás con ellas, ¿verdad? (Pausa breve.)


Grga. Llama a Toni. Seguro que te perdonará, por algo sois hermanos. No le pierdas. (Pausa.) Ay, amigo mío. La vida es una putada. “No somos nadie.” A nadie le es fácil. (Grga sale del salón. Conejo permanece un rato en silencio, como si no estuviera seguro de a dónde ir ni qué hacer. Como no tiene otra cosa que hacer, enciende la radio. En la radio ponen un villancico. Conejo se mira en el espejo: está cansado, pero no se trata del cansancio diario que en la mayoría de los casos se quita con un poco de sueño. Enciende un cigarro y se sienta, pero se levanta enseguida, como movido por una inquietud interior. Se va a la habitación de atrás, vuelve pronto, ahora con una granada en la mano. Echa un vistazo por el salón, mirando fijamente lo que tiene en sus manos, y como listo para tirar de la anilla. Mientras, por la puerta vuelve a aparecer el Joven.)


Joven. (Sin darse cuenta de la granada al principio porque Conejo le está dando la espalda.) Perdone, ¿pero a lo mejor… (Conejo se da la vuelta. El Joven se queda quieto; se da cuenta de la granada. Pausa.)


Conejo. (Sonriendo.) ¿El guante? Sí, sí, está aquí. (Pausa breve.) Cierra la puerta, por favor. Hace mucho frío y he puesto la calefacción, así que… (El Joven entra, cerrando la puerta. Conejo sigue teniendo la granada en la mano. Pausa.)


Joven. (Nervioso.) No lo haga. (Pausa breve.)


Conejo. (Como no sabiendo qué hacer.) Como si me hubieras pillado robando galletas.


Joven. (Como si no le entendiera.) ¿Cómo?


Conejo. (Toma el guante. Permanece un rato con él en una mano y con la granada en la otra. Lentamente deja la granada y le da el guante al Joven.) Aquí lo tienes. (El Joven lo toma, no sabiendo qué hacer con él.) ¿Has vendido algo?


Joven. (Está confundido, pero obviamente siente que debería hablar con Conejo.) No mucho. Dos o tres libros.


Conejo. ¿Puedo echar un vistazo? A lo mejor te compro algo para mi sobrino.


Joven. Sí, claro. (Le enseña los libros. Conejo los mira; aparta uno.)


Conejo. ¿Éste cuánto vale?


Joven. “¿El pequeño libro de cuentos de la abuela?” Nosotros lo vendemos por once. En las librerías vale quince.


Conejo. (Sonriendo.) ¡Ya ves el olfato que tengo para estas cosas! (Deja el libro; saca el dinero del cajón y se lo da al Joven.)


Joven. (Sin saber dónde poner los libros. Los deja en el suelo y toma el dinero de Conejo.) Le devuelvo nueve… (Le devuelve el resto de dinero.) Muchas gracias.


Conejo. (Guarda el dinero en el cajón.) Espero que le guste. (Normalmente, después de haber vendido un libro el Joven se iría, pero ahora no lo hace. Pausa.)


Joven. (Mirando la granada.) Cuando me vaya… ¿no la volverá a tomar? (Pausa breve.)


Conejo. (Observándole con una mirada interrogatoria; como si no le hubiera escuchado.) ¿Hoy no te has afeitado?


Joven. (Confundido.) ¿Qué? (Se está tocando la cara, comprobando la barba. Como disculpándose.) Es que no me ha dado tiempo.


Conejo. Si has terminado el trabajo por hoy, yo te puedo…


Joven. (Sigue como disculpándose.) Sí. Voy a ver a mi familia. Con mi novia.


Conejo. Eso. Perfecto. ¿Te ponemos guapo para tu novia, eh? (Pausa breve.) Venga, que no te tenga que convencer… (Pausa breve.)


Joven. (Todavía confundido.) Bueno, vale. (Conejo le indica al Joven que se se siente en la silla, éste lo hace, quitándose el abrigo, Conejo se lo sujeta y lo cuelga en la percha. El Joven se pone cómodo; Conejo le pone una toalla debajo del cuello y empieza a ponerle crema de afeitar en la cara.)


Conejo. (Poniendo la crema.) Cada vez menos gente se afeita en las barberías. Cortarse el pelo más o menos, pero… Vamos a desaparecer.


Joven. Pues yo no me he afeitado nunca en una barbería.


Conejo. Te lo digo yo, ya verás, no hay comparación. En tu casa, te das una pasada rápida y a la calle. (Termina de ponerle la crema.) Aquí no, esto es un ritual. (Toma la navaja, la misma con la que atacó a Toni. La mira un rato, como dudando si utilizarla para afeitar al Joven o no, pero al final decide utilizarla.) ¿Qué tal te va lo de los libros? ¿Llevas mucho tiempo haciéndolo?


Joven. Desde el otoño. Antes trabajaba como vigilante de seguridad por las noches. Y antes de eso repartía pizzas.


Conejo. (Afeitando al Joven.) ¿Todavía no sabes qué hacer con tu vida?


Joven. No sé. No es eso. Es que no puedo encontrar trabajo de lo que he estudiado.


Conejo. ¿Y qué estudiaste?


Joven. Soy Licenciado en Literatura Comparada y Filología Italiana.


Conejo. No te preocupes, estoy seguro que encontrarás un buen trabajo. (Pausa breve. Conejo sigue afeitando al Joven, pero de pronto para, como si se hubiera acordado de algo.) ¿Has estudiado literatura? (Deja la navaja y del bolsillo saca el papel con la historia del Rana, cuya parte se la había leído a Grga. Le enseña el cuento al Joven.) ¿Has leído esto?


Joven. (Toma el papel y lo mira; sinceramente sorprendido.) Sí, lo he leído. La colección entera.


Conejo. (También sorprendido, pero como si no lo entendiera.) ¿La colección?


Joven. (Todavía con el papel en la mano.) Sí, la colección de cuentos. Éste es sólo uno de ellos.


Conejo. No lo sabía. Es que lo encontré en alguna revista… ¿Todos van del Rana?


Joven. (Ahora es él el que no entiende; obviamente ya no se acuerda bien del cuento.) ¿De qué?


Conejo. Del Rana. El que salva Tokio.


Joven. (Mirando el papel se acuerda.) Ahora me acuerdo… No, los demás no son del Rana.


Conejo. Según tú, ¿el Rana es simplemente una rana o… representa otra cosa? (El Joven no sabe qué decir. Pausa breve. Ahora es Conejo el que de alguna manera se disculpa.) Ya sé, una pregunta tonta. Los cuentos no son para los barberos.


Joven. (Sonriendo.) ¿Y por qué no? (Pausa breve.) Probablemente no es una rana de verdad.


Conejo. ¿Sino qué?


Joven. Lo que usted quiera que sea. (Pausa breve.) Usted es el que le da el significado. (Pausa breve.)


Conejo. Llevamos una vida horrible. (Pausa breve.) Lo único que hacemos es hincharnos a comer, dormir y cagar. (Pausa.)


Joven. (Sorprendido por lo que acaba de escuchar, responde con una pregunta que sorprende un poco a Conejo.) Por eso usted quería... (Pausa breve.) ¿Cree que dejaremos de llevar una vida horrible si usted se muere? (Pausa.)


Conejo. (En vez de responder, toma la navaja como acordándose de que tiene que seguir con el trabajo.) Vamos a trabajar. A las chicas no hay que dejarlas que esperen. (El Joven devuelve a Conejo el papel con el cuento; éste lo deja y sigue afeitándole. Pausa.)


Joven. No vuelva a pensar en la granada esa. (Conejo vuelve a parar.) Se lo ruego. (Pausa.)


Conejo. ¿Me lo “ruega?” (Pausa breve.)


Joven. (Sincero.) A lo mejor podemos dejar de “llevar una vida horrible”. Pero no desapareciendo. Me parece que eso no tiene ningún sentido. Tenemos que vivir. Y también… Intentar cambiar algo. A lo mejor le suena como un cliché, pero… Yo creo en eso. (Pausa breve.) De verdad. (El Joven se da cuenta de que a Conejo se le caen las lágrimas por la cara. Se levanta y rápidamente se limpia la cara con una toalla. Mira a Conejo sin hablar. Pausa.)


Conejo. (Aguantando las lágrimas.) Perdona. (Pausa breve.) Supongo que se me ha juntado todo.


Joven. Nos pasa a todos. (Pausa. El Joven mira la foto enmarcada de Conejo con su equipo de fútbol (sala.)) ¿Es que juega al fútbol?


Conejo. (Más tranquilo.) Sí, bueno, jugaba. Antes de la guerra. Luego perdimos el contacto. (Pausa breve.) ¿Y tú?


Joven. Claro. En el campo del colegio de la calle Draškovićeva14. O en Šalata15. Y en invierno jugamos en un pabellón cubierto. Allí arriba, cerca de Sljeme16. (Pausa breve.) Uno de nuestros jugadores sufrió un esguince al hacer una entrada y golpearse contra las espalderas. Ahora nos falta un jugador. (Pausa breve.) ¿Quiere venir?


Conejo. (Soprendido por la pregunta.) ¿Yo? Qué va, es que ya no juego…


Joven. (Como si no le hubiera oído; mirando la foto.) Parece peligroso. (Pausa breve.) El viernes que viene, de siete y media a nueve, así que no haga planes que no se aceptan excusas. No puede dejar al equipo en la estacada. (Pausa breve.) Déjeme su número, le llamo. (Pausa breve. Conejo está como vacilando si dar su número al Joven o no. Éste sonríe.) Que no es una broma. (Conejo también sonríe. Saca del cajón un lápiz y un papelito y apunta su número. Le da el papelito al Joven. Éste lee qué es lo que pone en el papel.) ¿Conejo? (Da la mano a Conejo.) Mucho gusto. Yo soy Filip17. (Se dan la mano.)


Conejo. Encantado. (Pausa.)


Joven. (Como acordándose de algo; más alegre.) Conejo, es que... (Pausa breve.) Tendría que cortarme el pelo. Suelo ir a la peluquería de mi barrio, pero siempre me lo dejan fatal… así que… no sé, ¿puedo pasar por aquí después de la Navidad?


Conejo. Claro, ven cuando quieras. (Mirando el reloj.) Pero vamos a terminar de afeitarte. Que vas a llegar tarde a la cita.


Joven. Venga. (Vuelve a sentarse. Conejo le pone una toalla debajo del cuello.) Ya no me acuerdo… Sé que había una lucha chunga, un terremoto y qué sé yo, pero… ¿Qué le pasó al Rana? (Pausa breve.)


Conejo. (Como que se había olvidado del Rana.) ¿Al final?


Joven. Sí. (Pausa breve.)


Conejo. Salvó Tokio. (Pausa. Conejo sigue afeitando al Joven en silencio. Tras un par de movimientos precisos el barbero deja la navaja y le limpia las mejillas y el cuello al Joven; luego se echa un poco de colonia en las manos y le da un breve masaje de la cara al cliente. El alcohol empieza a hacer efecto, el Joven frunce el ceño.) Ya está, bien arregladito. (Conejo retira la toalla del pecho del Joven. Éste se levanta, se mira en el espejo y mete la mano en el bolsillo de atrás de los pantalones, sacando la cartera. Sin embargo, antes de que el Joven logre sacar el dinero, Conejo se lo impide.) Que no, que no… Es tu regalo de Navidad. (Pausa breve.)


Joven. (De nuevo intenta pagar.) Venga, que no…


Conejo. (Interrumpiéndole.) Los regalos no se rechazan. (Pausa.)


Joven. Bueno, gracias. (Pausa breve.)


Conejo. Gracias a ti también. (Pausa. El Joven se dirige a recoger su abrigo, pero no lo toma, como preguntándose si hace bien yéndose. Conejo lo nota y le da el abrigo. El Joven lo toma. Durante un rato están el uno detrás del otro en silencio. Conejo de pronto da tres o cuatro pasos hacia la puerta de la calle, como dándose cuenta de algo. Se para.) Está nevando.


Joven. (Casi emocionado.) ¿Está nevando? (Pausa breve.) Me gusta que nieve en Nochebuena.


Conejo. (Sonriendo.) A mí también. (Pausa. El Joven se pone el abrigo y toma los libros. Pausa.)


Joven. Bueno, entonces nos llamamos…


Conejo. Sí, nos llamamos. (El Joven se va. Conejo le mira durante un rato y luego muy despacio se dirige al mostrador, toma el papel con el cuento, lo desdobla. Echa un vistazo a los objetos del salón; se va hacia el banco y se sienta en él. Se enciende un cigarro; mira el papel y empieza a leer en voz alta.) “El Rana”, murmuró. “¿Algo le pasó al Rana?”, pregunta ella. “Salvó a Tokio de ser destruida por un terremoto. Él solo.” “¡Qué bien!”, dice la enfermera mientras le cambia el suero, ya casi vacío. “Es que en Tokio ya no nos hace falta ninguna desgracia más. Ya tenemos de sobra.” (Pausa breve.) “Pero es que lo pagó con su vida. Se acabó. Creo que volvió al barro. Ya nunca volverá.” La enfermera le limpia el sudor de la frente sonriendo. “A usted le gustaba mucho el Rana, ¿a que sí, señor Cataguiri? (Pausa breve.) “Viene el tren”, murmuró Cataguiri. (Pausa breve.) Luego cerró los ojos y se durmió sin soñar nada. (Oscuridad. Fin.)


(El texto marcado con asterisco forma parte del cuento “El Super-Rana salva Tokio” de la colección “Después del terremoto” de Haruki Murakami; traducción al croata, casa editorial Vuković & Runjić, Zagreb, 2003.)


1 Rana – un tipo de coche de la marca Citroën.

2 Olja – pronunciación [olla].

3 Lika – región croata.

4 Vanja [baña]

5 Britanac – barrio de Zagreb, pronunciación [británats].

6 Pantovčak – barrio de élite de Zagreb, pronunciación [pantofchac]

7 Rac [rats]

8 c/ Miramarska – calle en Zagreb.

9 Eslavonia – región al este de Croacia.

10 Sisak [sísac] – ciudad croata.

11 Baja [vaya] o [baya]

12 Maja [maya]

13 Sonja [soña]

14 Draškovićeva [drashcobicheba]– calle céntrica de Zagreb.

15 Šalata [shalata] – barrio de Zagreb.

16 Sljeme [slleme] – el pico más alto de la montaña Medvednica (en Zagreb); lugar favorito de los ciudadanos de Zagreb para ir de excursión.

17 Filip [fílip]



Facebook! TwitThis